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El Teatro de la Distracción

Los dolores y costos sociales de estas caídas del capitalismo, que se niegan a sí mismas, surgen mayormente de las masas de desempleados, de sus familias y vecinos. Las casas son rematadas; la educación es más difícil, interrumpida o derechamente abandonada; matrimonios y hogares son destruidos; y así sucesivamente. Y como los desempleados, las empresas quebradas y la baja producción disminuyen el flujo de impuestos a los gobiernos federales, estatales y locales, ellos a la vez cortan muchos servicios públicos, justo cuando la necesidad social por ellos aumenta. Los presupuestos de los gobiernos se vuelven más apretados, porque las caídas reducen sus ingresos, mientras aumentan lo gastado en compensación por cesantía, cupones de comida y otros elementos de seguridad social, ganados por la lucha de trabajadores en otros periodos de recesión capitalista.

Interminables debates sobre políticas de austeridad contra las de estímulo agitan a los gobiernos. ¿Cuál es la alternativa “correcta” para escapar a la crisis del capitalismo mundial en desarrollo? Los debates continúan como si las políticas oficiales fueran la clave para terminar con las crisis. Pero las peleas de los políticos respecto a las medidas a tomar, son más que nada distracciones en relación a lo principal: cómo siempre terminan las crisis y sus inmensos costos sociales.
En EEUU, los republicanos promueven políticas que priorizan las deudas nacionales como “el” problema económico. Las grandes deudas, afirman, impiden a los negocios realizar inversiones que “crean trabajo”. Los republicanos, por tanto, demandan políticas de austeridad – principalmente cortando la inversión estatal – para reducir la deuda fiscal y así salir de las crisis. Los demócratas – por lo menos aquellos que difieren de los republicanos – promueven políticas que priorizan la reducción del desempleo. Ellos quieren aumentar el gasto fiscal de estímulo, incluso si eso hace subir la deuda nacional. Este gasto, argumentan, promoverá la demanda de bienes y servicios, creando así empleos y sacando a la economía de la crisis. Los demócratas denuncian a la austeridad por agravar la crisis, mientras que los republicanos denuncian al aumento de la deuda fiscal por hacerla peor.
Las políticas gubernamentales efectivas siempre oscilan entre estas dos políticas anti-crisis o las combinan en “grandes acuerdos”, entre la autocomplacencia de los políticos. Y teatros similares hacen las portadas de otros países. Los líderes gubernamentales juegan a ser salvadores de todos los problemas económicos, como si sus políticas determinaran el resultado de las crisis. De hecho, las mismas batallas en políticas económicas, de oscilaciones y acuerdos, se han repetido durante cada periodo de recesión económica en los países capitalistas desde 1929.
Pero la realidad de las crisis es bastante distinta. Los programas de los gobiernos tienden a ser bastante tangenciales, y sus impactos muy menores. El capitalismo usualmente auto-corrige sus inherentes y recurrentes caídas deprimiendo sus costos de producción. Las mismas generalmente terminan después de y a causa del desempleo y la depresión en los negocios, al bajar los costos del trabajo y otros factores productivos. Cuando tales costos caen lo suficiente como para que los capitalistas vean las ganancias subir o para partir sus negocios nuevos, invierten. Las inversiones conjuntas levantan a la producción y al empleo, sacándolos de la crisis. Mientras tanto, los inmensamente publicitados debates sobre políticas económicas alternativas agitan al gobierno, a los medios y círculos académicos, y distraen al público de los inmensos costos sociales reales, a través de los cuales el capitalismo efectivamente supera los ciclos que reproduce: el desempleo y las pérdidas económicas.
Cuando una economía capitalista entra en otra recesión cíclica (nada ha funcionado aún para impedirlas), muchos de los capitalistas inmediatamente afectados reducen las salidas, cortan las órdenes de compra, y despiden trabajadores. Estas acciones distribuyen y agudizan las caídas económicas alrededor del sistema. Los trabajadores despedidos compran menos y, por ello, dañan a otros capitalistas, que disminuyen sus empleados, etc. Los menores inputs de los capitalistas inicialmente afectados logran lo mismo. Los mercados de trabajo y de productos extienden las depresiones. La profundidad y duración de cada crisis varía con las particularidades de estas interacciones.
Las recesiones económicas conllevan usualmente los mecanismos que las terminan. El agudizado desempleo mantiene a los trabajadores bajo mayor presión, lo que los lleva a buscar o a mantener trabajos, aceptando menores salarios. El desempleo también permite a los empresarios cortar con los beneficios y la seguridad laboral. Las pensiones se vuelven más inseguras y pequeñas, o sencillamente desaparecen. La cobertura médica se estrecha, aumenta el copago de los trabajadores, o ambas. Las vacaciones se acortan, la protección laboral se empequeñece, etc. El empeoramiento económico lleva a bajar los costos del trabajo para los empresarios.
Y al mismo tiempo, les disminuyen otros costos. Cuando los capitalistas reducen la producción, cortan la demanda a proveedores productivos. Eso normalmente baja sus precios. Las empresas que quiebran en las recesiones venden sus equipos y herramientas usados a bajos costos. También reducen la demanda para espacios de fábrica, oficina y almacenamiento, disminuyendo sus arriendos; y al hacerlo igualmente la demanda de servicios legales, arquitectónicos, de limpieza y otros, sus precios también caen.
Eventualmente, el reducido costo en trabajadores, proveedores y servicios inducen a los empresarios que buscan ganancia, y a retomar o incrementar la inversión. Las recesiones usualmente producen las condiciones necesarias para los futuros auges, y viceversa. Y usamos el término “usualmente”, porque a veces una la velocidad y extensión de una caída es tal, que los capitalistas temen invertir aun si los costos disminuyen. Entonces las caídas persisten, y se convierten en depresiones.
Los dolores y costos sociales de estas caídas del capitalismo, que se niegan a sí mismas, surgen mayormente de las masas de desempleados, de sus familias y vecinos. Las casas son rematadas; la educación es más difícil, interrumpida o derechamente abandonada; matrimonios y hogares son destruidos; y así sucesivamente. Y como los desempleados, las empresas quebradas y la baja producción disminuyen el flujo de impuestos a los gobiernos federales, estatales y locales, ellos a la vez cortan muchos servicios públicos, justo cuando la necesidad social por ellos aumenta. Los presupuestos de los gobiernos se vuelven más apretados, porque las caídas reducen sus ingresos, mientras aumentan lo gastado en compensación por cesantía, cupones de comida y otros elementos de seguridad social, ganados por la lucha de trabajadores en otros periodos de recesión capitalista.
Mucha gente sometida a los deterioros económicos tarde o temprano terminan cuestionando el sistema. Acaso no pueden las sociedades ser mejores que un sistema que impone recesiones cíclicas, con sus inmensos costos y sufrimientos asociados? Los defensores del capitalismo rara vez han enfrentado estas preguntas. En su lugar ofrecen algo de consolación y mucha distracción en respuesta a las presiones de las víctimas. La consolación toma la forma de compensaciones por cesantía, cupones de comida y Estado de bienestar. La distracción toma la forma de teatro público: políticos bien vestidos, dentro de imponentes edificios de gobierno, discutiendo con urgencia las medidas económicas mientras los periodistas y economistas dicen que esos debates son importantes.
Incluso cuando las recesiones capitalistas terminan, el teatro político continúa. Los campeones de la austeridad insisten que sus políticas terminaron con la recesión, o lo hubieran hecho si hubieran sido adoptadas antes. Los abogados del estímulo enarbolan argumentos paralelos. Más gasto fiscal por lo menos modestamente contrarresta o modera las recesiones, mientras que la austeridad usualmente las empeora. Aún así, el viejo debate persiste. Las caídas del capitalismo continúan, y con ellas la necesidad de distraer a aquellos que sufren de sus dolores y costos.
Las recesiones revelan las pérdidas, ineficiencias e injusticias del capitalismo a millones. Los desempleados sufren junto a las materias primas, herramientas, equipos y lugares de trabajo, mientras las urgentes necesidades sociales por las cosas que pudieron producir no son satisfechas. En estas condiciones, surgen oportunidades para desafiar al sistema y sus pilares. Uno de estos pilares es el teatro distractor de los debates económicos entre austeridad y estímulo. El asunto estratégico principal no debe ser como superar la crisis. Deben ser, en cambio, las razones para mantener un sistema que impone recesiones cíclicas para todos, distribuyendo así injustamente sus inmensos costos sociales y deshechos.
Richard Wolff
Título original: Theater of Distration. Originalmente en Truthout. Disponible en: http://rdwolff.com/content/economic-policy-debates-theater-distraction
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